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martes, 1 de marzo de 2016

LA CALLE DE NIÑO PERDIDO Luis Bernàldez Gòngora






LA CALLE DE NIÑO PERDIDO (Sucedió en lo que hoy es Eje Central)
Esta leyenda nos cuenta, que en aquella época vivía un acaudalado caballero llamado Enrique de Verona, que con el paso del tiempo se había hecho de prestigio y fama debido a que era un excelente escultor. 

Había sido requerido para hacer trabajos en la Catedral de Toledo, en España; después hasta el mismísimo virrey don Francisco Hernández de la Cueva, le contrató para que realizara el altar de reyes en la Catedral de la Nueva España, donde también este hombre trabajador se hizo de fama y fortuna. 

Pero no solo le iba bien en su faceta de escultor, pues don Verona había dejado en su tierra esperando para contraer matrimonio a una hermosa mujer gaditana, quien iba todos los días sin falta al puerto a para ver si en cualquiera de los barcos venía su futuro marido; aparentemente este era el futuro que le esperaba al caballero, pero el destino hizo que todos estos acontecimientos dieran un giro inesperado a sus planes.
Don Verona ya tenía todo planeado para su regreso a España y desposarse con aquella mujer que lo aguardaba, pero sucede que a pocos días de hacer su largo viaje, un día al dar la vuelta en una esquina, se cruzara en su camino con una dama a la que se le había caído el pañuelo; y como todo caballero educado y cortés se acercó a levantarlo y a entregárselo en propia mano, los dos se miraron fijamente a los ojos, y la dama con una voz suave como la de un ángel le dio las gracias. 

Palabras, solo eso, pero aquellas palabras sumadas con la imponente belleza de la doncella, hicieron que el corazón de Verona diera vuelcos de emoción, eso solo significaba una cosa: amor.
Aquel agradecimiento retumbaba en su cabeza como si de un canto celestial se tratase; así se estuvo un largo rato pensando en aquella mujer, hasta que cayó a cuenta de que todavía le faltaba ultimar algunos detalles de su viajes, pues partía al día siguiente, entre ellos se encontraba un amigo al que casi no hacía caso, y le parecía una falta imperdonable no pasar a despedirse de él, pues a su cuidado había dejado un gatito para que nunca le faltara nada. 

Lo que buscaba el despistado Verona era disculparse ante sí mismo, y con el cambio que acababa de experimentar su joven corazón, iba a buscar mil y un pretextos para aplazar el momento de encontrarse con la gaditana.

No paso mucho tiempo para que el caballero conociera a aquella hermosa dama, quien llevaba por nombre Estela de Fuensalida y que también tuvo que dejar plantado a su prometido, un viejo platero llamado don Tristán de Valladares; ambos se enamoraron profundamente y tiempo después contrajeron matrimonio, pero en este caso no terminaría con “y vivieron felices para siempre”. 

La pobre gaditana se quedó esperando hasta que le salieron raíces, pero Valladares no haría lo mismo… lleno de rabia y despecho juró vengarse ¿Cómo lo hizo?
Transcurrió un año y la pareja tuvo a un hermoso niño, todo era paz y felicidad, hasta que una fría noche del año 1665 llegó el platero a la casa de la pareja, entrando sigilosamente por la barda trasera, como si de un gato se tratase prendió fuego a un pajar y acto seguido se lleva al niño.
Estela y su esposo se despiertan aturdidos en medio de fuego y llamas. La casa era todo un caos, los criados corrían de un lado a otro tratando de salvar sus vidas, la dama cae desmayada y gracias a los vecinos que ayudaron a extinguir el fuego, la familia se salva. 

Cuando la esposa de Verona se hubo repuesto y ya en la calle fuera de peligro, se percató de que su marido y su hijo no estaba con ella, los seres a los que más amaba en este mundo, una angustia horrible recorrió todo su cuerpo y arrodillada en el suelo gritaba desesperadamente llamándoles. 

Acto seguido su esposo acudió a ella, pero con el detalle de que faltaba su pequeño hijo, Estela desesperada entró a la casa todavía envuelta en llamas en busca de su pequeño y como buen marido, Verona estaba por impedírselo cuando en ese momento escuchó el llanto de un bebé, y en ese momento avistaron a un hombre que escondía un pequeño bulto; acto seguido don Enrique y otros se lanzaron sobre aquel hombre para quitarle al niño que traía en brazos, quien era nada menos que el platero Tristán. 

Después de estos acontecimientos, todo fue volviendo a la normalidad, pero aquel suceso que causo tanto escándalo en la Nueva España, quedaría en la memoria de los habitantes, pasando a llamar esta calle como “Niño Perdido”.

MEZTITLA Juan Jose Uribe Rizo






MEZTITLA.

En Tepoztlan Morelos, se encuentra el campo escuela Scout, llamado Meztitla, que quiere decir ( Lugar de la Luna o Lugar cerca de la Luna).
En este lugar se encuentran algunas pinturas rupestres y una de ellas tiene una Luna.
En el enigmático Meztitla se han forjado algunas leyendas, como la Del Dado, El Amate Amarillo, El Amate Verde, El Alacranero, El Río, La Cuevade los Pajaritos.
Meztitla es un lugar fascinante, ya que en un solo día se llegan a conocer todas las estaciones del año.
De lo fascinante a lo misterioso sucede cuando se llegan a conjugar los elementos, (Agua, Aire, Tierra y Fuego), en un solo momento.
Lo más enigmático de todo esto es cuando es la subida "Al Dado", pero por ahora el lugar que llama nuestra atención es la llamada "La Cueva de los pajaritos".
Se dice que en este lugar en los primeros años que se formò el Campo Escuela, llegaron unos Lobatos a acampar en este lugar, todos subieron al Dado, pero uno de ellos se fue siguiendo a unas aves que se metieron en una cueva.
El lobato no saliò y por más que se buscò no aparecía, pasaron varios días hasta que fue localizado en el interior de la cueva, sin vida.
Se comenta por algunas manadas y tropas que hoy en día cuando llegan a subir al Dado, ven a un lobato parado en la entrada de la cueva, que los llama para que lo acompañen al interior de la misma.
Hasta el momento no se sabe de alguna otra desaparición de personas en este lugar, pero el lobato sigue apareciendo en la Cueva de los Pajaritos.
También se dice que en este Cerro llamado el Tepozteco, los días de semana santa, los últimos de octubre y los primeros de noviembre, hacen sus aquelarres las brujas.
Se ven por las noches bolas de fuego danzar de piedra en piedra, buscando niños para hacer sus votos de renovación.
Hace como 10 años o un poco más se encontraron vestigios de pistas de aterrizaje de naves extraterrestres tambièn.

TENERIFE Ely Ortiz







EL BARRANCO DE BADAJOZ-

SAN BORONDÒN, LA ISLA FANTASMA DE TENERIFE.

TENERIFE, APARICIONES FANTASMALES Y LA MISTERIOSA ISLA DE SAN BORONDON.
Hay ciertos lugares de nuestro planeta, donde los espíritus inquietos hacen aparición, atormentando a los residentes locales.
Se manifiestan como sombras, apariciones fantasmales, voces misteriosas, olores extraños, o movimiento sin explicación de los objetos, incluso en ocasiones muchas personas afirman haber sido atacadas por lo inexplicable.
Estos son lugares con una historia terrible, que con el paso del tiempo se han ganado la desconcertante reputación de lugares fantasmales.
Uno de estos lugares es Tenerife, en las Islas Canarias.
Los medios de comunicación no suelen informar sobre las misteriosas apariciones, fenómenos poltergeist y otro tipo de eventos que tienen lugar en esta misteriosa isla, a pesar de los muchos edificios históricos como antiguas mansiones coloniales, iglesias y capillas, o incluso castillos.
LAS CASAS ENCANTADAS Y LUGARES TERRORÌFICOS DE TENERIFE.
A diferencia de otros lugares del planeta, no está orgulloso de sus casas encantadas y no busca promover sus edificios históricos con tours de fantasmas o publicidad relacionada con lo paranormal.
Sin embargo, hay una gran cantidad de evidencia paranormal cuando uno profundiza en el tema.
El Palacio de Lercaro en San Cristóbal de La Laguna, que se convirtió en el Museo de Historia y Antropología de Tenerife, tiene al parecer su propio fantasma.
El periódico “El Día” publicó una noticia sobre este fenómeno en noviembre de 2003, en el que explicaba que los empleados del museo tienen cierto miedo cuando se habla de la cuestión, ya que temían perder sus puestos de trabajo.
Las autoridades locales no quiere que se asocie los fenómenos paranormales que ocurren en el enigmático edifico con el turismo.
Lo que una vez fue el hogar de la familia Lercaro en la Calle San Agustín, que data de finales del siglo XVI, era donde vivía una mujer llamada Catalina, hija de Antonio Lercaro.
Ella se vio obligada a casarse con un hombre viejo que no deseaba, pero en el día de la boda, ella decidió quitarse la vida en lugar de seguir adelante con el matrimonio, arrojándose a un pozo en la parte trasera de la mansión.
La historia dice que sus restos fueron escondidos en una de las habitaciones de la casa y el pozo fue tapiado después del trágico suceso.
La iglesia no permitió que el cuerpo de Catalina fuera enterrado en un cementerio porque ella se había suicidado, y para la tradición cristiana el suicidó era considerado un pecado.
Después de esto, la familia Lercaro se alejó de La Orotava.
Esto simplemente fue el preludio de los fenómenos paranormales que ocurren la mansión.
Muchas personas afirman haber visto el fantasma deambulando por las habitaciones.
Por supuesto, se cree que el espíritu de Catalina aún se encuentra en la casa.
Hay otros informes sobre apariciones fantasmales en otros lugares de Tenerife, incluyendo la antigua carretera principal que va del sur de Tenerife a Santa Cruz, incluido la zona de Adeje.
Muchas personas perdieron la vida en la época de la esclavitud en la isla.
Se cree que las almas de las personas que fallecieron en trágicas circunstancias continúan estando presentes, como fantasmas.
VILAFLOR.
En el pueblo de la montaña de Vilaflor, que se conoce popularmente como El Pino Gordo, es un lugar de gran actividad paranormal.
Vilaflor tiene una leyenda que explica cómo obtuvo su nombre.
Cuando la gente vivía en Tenerife antes de la conquista española, lo que ahora se conoce como Vilaflor se llamaba entonces Chasna.
Según el folclore local, un capitán español que se llamaba capitán Pedro de Bracamonte se enamoró de una doncella que había encarcelado porque tenía miedo de perderla.
La joven se escapó y la angustia que el capitán sufrió fue tan grave que murió.
Sus últimas palabras fueron: “Vi la flor de Chasna”.
Desde entonces, los residentes afirman ser testigos de las apariciones fantasmales del capitán Pedro de Bracamonte, buscando a su amada.
EL BARRANCO DE BADAJOZ.
Cerca de la localidad sureña de Güímar, mejor conocida por sus famosas pirámides, es un barranco conocido como el Barranco de Badajoz o el Barranco de Chamoco.
Se dice que es uno de los lugares de Tenerife donde más se concentra la actividad paranormal.
No sólo se han visto figuras fantasmales, también se han podido avistar ovnis, incluso algunas personas afirman que existe un portal a otro tiempo o dimensión.
El Barranco de Badajoz, Güímar, isla de Tenerife
También está el misterio de una chica joven, conocida como la “La niña de las peras”.
La historia cuenta que en algún momento entre 1890 y 1910, los padres de una niña enviaron a su hija a buscar frutos de los árboles en el barranco.
Sin embargo, ella nunca volvió, y, a pesar de largas búsquedas no apareció.
La niña volvió a aparecer décadas después, misteriosamente, con la misma edad que cuando ella desapareció y pensando que no había estado ausente por mucho tiempo.
Era como si hubiera entrado en otra dimensión y que el tiempo para ella se hubiera detenido.
Algunos dicen que los guanches (antiguos habitantes de la isla de Tenerife) todavía se ciernen en las muchas cuevas que tiene Tenerife.
Otros muchos guanches fueron asesinados por los soldados españoles y los que quedaron con vida se suicidaban antes que someterse a los invasores.
¿Los espíritus de los guanches continúan vagando por donde solían vivir?
SAN BORONDÒN, LA ISLA FANTASMA DE TENERIFE.
Pero el fantasma más famoso de Tenerife no es ninguna entidad, es una isla.
Se conoce a día de hoy que las Islas Canarias están compuestas de siete islas, pero según el folclore local hay una octava isla conocida como la isla fantasma, la isla de San Borondón.
San Borondón fue el nombre español de un monje irlandés llamado San Brandán de Clonfert (480-576 d.C.), quien navegó con otros tres monjes en una pequeña embarcación hacia el Océano Atlántico.
La leyenda habla de sus aventuras, encuentros con el fuego de los demonios, con columnas de cristal flotante, o con criaturas monstruosas tan grandes como una isla.
Brandán y sus compañeros de viaje desembarcaron en una isla donde se encontraron árboles y otro tipo de vegetación.
Dijeron que la isla se empezó a mover, y que parecía una criatura marina gigante.
Después de muchas vicisitudes Brandán consiguió regresar a Irlanda.
Pero esta leyenda no es la única que hace mención a la octava isla de las canarias.
Cuando las Canarias fueron conquistadas durante el siglo XVI, los marineros hablaban insistentemente de una octava isla, que en ocasiones se podía observar al Oeste de La Palma, El Hierro y La Gomera.
Pero cuando los marineros trataban de llegar a ella y se acercaban a sus costas, montañas y valles, la isla se cubría por una espesa niebla y desaparecía.
La isla era, obviamente, la identificada por San Brandán, que por eso fue llamada “La Isla de San Borondón”.
Esta misteriosa isla, también conocida como la “isla fantasma”, continúa siendo invisible la mayor parte del tiempo, pero existen registros de personas que afirman haber presenciado la aparición de la mítica isla.
San Borondón es otro de los grandes misterios que perduran con el paso del tiempo, manteniendo su carácter misterioso y romántico.

REINO SUBTERRÀNEO Ely Ortiz










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HAN DESCUBIERTO ÈSTE ÌNCREIBLE REINO SUBTERRÀNEO DESPUÈS DE ESTAR OCULTO MILLONES DE AÑOS.

En 1991, un granjero se encontrò con una cueva inexplorada en el parque Phon Nha-Ke Bang, Vietnam.
Sin embargo, una tromba de agua caìa por la entrada, lo que le asustò y decidiò no adentrarse.
Los habitantes del lugar llamaban a la cueva Son Doong, pero nadie se atrevìa a explorarla.
Fue posteriormente, cuando un grupo de cientìficos britànicos dirigidos por Howard Limbert , una vez localizada la cueva, decidieron entrar para explorarla.
Lo que encontraron dentro fue un mundo completamente extraordinario, con màs de 5 kilometros de longitud, y 150 metros de ancho.
1.- Una vez que lo exploraron entero, pudieron confirmar que Son Doong era la mayor cueva del planeta.
Èste lugar ùnico, tiene su propia fauna, flora, lagos e incluso nubes.
Se trata de un increible micro universo escondido bajo tierra.
2.- Para poder adentrarse en la cueva, tienes que descender 80 metros hasta el suelo usando una cuerda.
3.- Hay un rìo en su interior, con una corriente de agua relativamente ràpida.
4.- hay pequeños lagos color esmeralda, e incluso playas.
5.- La cueva contiene una gran cantidad de fòsiles y estalàctitas.
6.- Incluso puedes encontrar enormes stalagmitas que baten alturas de hasta 70 metros.
7.- Puedes ver una gran cantidad de perlas gigantes de piedra caliza que rodean todos los estratos de la cueva.
8.- Hay incluso una jungla con àrboles de 3 metros de ancho.
Ademàs de diversos tipos de animales, como monos, pàjaros y murcièlagos.
9.- Puedes apreciar incluso condiciones climàticas como nubes que se forman por la diferencia de temperatura con el mundo exterior.

domingo, 28 de febrero de 2016

LA FOTOGRAFIA DE LA PESADILLA Ely Ortiz






LA FOTOGRAFÌA DE LA PESADILLA. (KEVIN CARTER)
Un hombre blanco perfectamente bien alimentado, observa cómo un niño africano se muere de hambre ante la mirada expectante de un buitre.
El hombre blanco hace fotos de la escena durante 20 minutos. No es que las primeras no fueran buenas, es que con un poco de colaboración del ave carroñera le salía una de premio, seguro.
Niño famélico con nariz en el polvo y buitre al acecho: bien; no todos los días se conseguía una imagen así. Pero lo ideal sería que el buitre se acercara un poco más al niño y extendiese las alas.
El abrazo macabro de la muerte, el buitre Drácula como metáfora de la hambruna africana. ¡Ésa sí que sería una foto!
Pero el hombre esperó y esperó, y no pasó nada. El buitre, tieso como si temiera hacer huir a su presa si agitara las alas.
Pasados los 20 minutos, el hombre, rendido, se fue.
No se debería de haber desesperado. Una de las fotos se publicó en la portada de The New York Times y acabó ganando un premio Pulitzer.
Pero incluso así se desesperó. Y mucho. El hombre blanco era un fotógrafo profesional llamado Kevin Carter.
A los dos meses de recibir el premio en Nueva York se suicidó.
Hay dos preguntas. La primera, ¿por qué se suicidó? La segunda, ¿por qué no ayudó al niño? La respuesta a la primera es relativamente fácil.
La respuesta a la segunda es más interesante. Remontemos.
Kevin Carter nació en Suráfrica en 1960, dos años antes de que Nelson Mandela empezara su condena de 27 años de cárcel.
Al llegar a la adolescencia empezó a entender que ser blanco en Suráfrica significaba ser una de las personas más privilegiadas de la Tierra y, al mismo tiempo, cómplice de una atroz injusticia.
Cumplidos los 24 años, Carter descubrió que el periodismo era el terreno donde libraría su guerra particular contra el apartheid.
Comenzó su carrera en 1984, cuando las poblaciones negras en las periferias de las grandes ciudades -como Soweto, que estaba al lado de Johanesburgo- se convirtieron en campos de batalla.
Jóvenes militantes negros, cuya única fuerza residía en su ventaja numérica, lanzaban piedras a los policías y a los soldados, que respondían con gases lacrimógenos, balas de goma o balas de verdad.
Cientos murieron, miles fueron encarcelados. Soweto ardía, y allá, casi permanentemente instalado, estaba Carter, fotógrafo novato de The Johannesburg Star, expiando su culpa.
La gran ironía de la historia reciente de Suráfrica es que cuando salió Mandela de la cárcel en 1990, cuando empezó el proceso de paz que condujo cuatro años después a la democracia, se desató una violencia mucho mayor.
Durante casi la totalidad de aquellos cuatro años, Soweto y otra media docena de poblaciones negras en los alrededores de Johanesburgo vivieron una anarquía asesina demencial, nutrida por opositores al proyecto democrático, en la que murieron unos 12.000.
Allí, una vez más, estaba Carter. Todos los días. Se presentaba temprano por la mañana a los campos de la muerte, como se presentan los oficinistas a sus lugares de trabajo.
Yo también me presentaba allí, pero con menos frecuencia y más tarde.
Siempre que llegaba a estos lugares, en pleno tiroteo o minutos después de una masacre, ahí veía a Kevin Carter, sudado, polvoriento, bolso sobre el hombro, cámara en mano.
A él y a sus tres amigos fotógrafos, Ken Oosterbroek, Greg Marinovich y João Silva. Les llamaban a los cuatro “el Bang Bang Club”. Hacían fotos espeluznantes y se exponían a peligros extraordinarios.
Yo había llegado a Suráfrica en 1989 tras seis años cubriendo las guerras de Centroamérica. Vi pronto que daba mucho más miedo estar en 1992 en un lugar como Tokoza o Katlehong, a escasos kilómetros de Johanesburgo, que en 1986 en los frentes del oriente de El Salvador o el norte de Nicaragua.
Porque en los lugares donde los negros, animados por los blancos, se masacraban podía pasar cualquier cosa en cualquier momento y en cualquier lugar. Con un Kaláshnikov, una lanza, un machete o una pistola.
Ahí trabajaba Carter. Ahí se pasaba desde las cinco de la madrugada hasta el mediodía haciendo fotos de gente matando y de gente muriendo.
Para poder hacer ese trabajo es necesario blindarse, armarse de una coraza emocional.
No se puede responder a lo que uno ve como un ser humano normal. La cámara funciona como una barrera que lo protege a uno del miedo y del horror, e incluso de la compasión.
Carter y sus tres camaradas dormían poco, además, y consumían drogas de todo tipo. Pasaban sus días y sus noches en un acelere mental y en un estado de anestesia emocional casi permanentes.
Si se hubiesen detenido un instante a reflexionar sobre lo que hacían, si hubiesen permitido que los sentimientos penetraran la epidermis, habrían sido incapaces de hacer su trabajo.
El entorno era alocado, pero el trabajo era importante. Si se hubieran quedado en sus casas o se hubieran expuesto a menos peligro, habría habido más muertos, menos presión política para acabar con la violencia.
Ésta era la contribución de Carter a la causa de sus compatriotas negros.
En marzo de 1993 se tomó unas vacaciones de Tokoza y Katlehong y se fue a Sudán. Ahí, apenas aterrizar, es donde vio al niño y el buitre.
Respondió con el frío profesionalismo de siempre. No habría podido elegir otra manera de actuar. Estaba programado, anonadado. El único objetivo era hacer la mejor foto posible, la que tuviera más impacto.
Ahí empezaba y terminaba su compromiso. La lógica era muy sencilla: si hacía una foto potente, se beneficiaría a sí mismo, pero también ampliaría la sensibilidad de los seres humanos en lugares lejanos y tranquilos, despertando en ellos aquella compasión -precisamente- que en él estaba necesariamente adormecida.
Por eso no hizo nada para ayudar si la hubiera ayudado, no habría podido hacer la foto. Porque había llegado al límite de sus posibilidades.
El problema era que la gente normal, empezando por su propia familia, no lo entendía. Fuera donde fuera, le hacían la misma pregunta. “Y después, ¿ayudaste al niño?”.
Se convirtió en un agobio, una pesadilla. Los únicos que no le hacían la pregunta, porque para ellos no era necesario hacerla, eran los amigos del Bang Bang Club.
En abril de 1994 le llamaron desde Nueva York para decirle que había ganado el Pulitzer. Seis días después, su mejor amigo, Ken Oosterbroek, murió en un tiroteo en Tokoza.
Toda la emoción reprimida a lo largo de cuatro años salvajes explotó. Carter se quedó destruido. Lloró como nunca y lamentó amargamente que la bala no hubiera sido para él.
El mes siguiente voló a Nueva York, recibió el premio, se emborrachó, incluso más de lo habitual, y volvió a casa. La guerra se había terminado.
Mandela era presidente. Suráfrica tuvo su final feliz, pero la vida de Carter dejó de tener mucho sentido. Quizá en parte porque el peligro de la guerra había sido su droga más potente, la que le había creado mayor adicción.
Siguió trabajando, pero, perseguido por la muerte de su amigo y -ahora que se había quitado la coraza- la angustia moral retrospectiva de la escena con la niña sudanesa, se hundió en una profunda depresión.
No podía trabajar, o si lo intentaba, caía en errores absurdos. Llegaba tarde a entrevistas, perdía rollos de fotos que ya había hecho. Y tenía problemas en casa: deudas, desamor...
El 27 de julio de 1994, exactamente tres meses después de las primeras elecciones democráticas de la historia de su país, Carter se fue a la orilla de un río donde había jugado cuando era niño, antes de que supiera lo que era el apartheid, el sufrimiento, la injusticia.
Y ahí, por fin, dentro de su coche, escuchando música mientras inhalaba monóxido de carbono por un tubo de goma, logró la paz, la anestesia final de la muerte.

Anècdota Frank Lamora


ANÉCDOTA
A mediados de 1973, cuando yo escribía los argumentos para la revista Chanoc, recuerdo que coincidí en un elevador con don Armando Ayala Anguiano, fundador y director de la revista CONTENIDO cuyas oficinas estaban en el mismo piso donde hacíamos Chanoc.
Ya antes nos habíamos encontrado en los pasillos, la escalera o en la cafetería del edificio, y lo saludé.
Don Armando, con su enorme e inseparable puro en la boca, me dijo:
- ¿Tú eres el que escribe Chanoc, verdad?
No sé cómo estaba enterado, pero le respondí que sí.
- Cuando te desocupes, ¿puedes venir a mi oficina? Quiero platicar contigo.

Rato después, desde atrás de su escritorio y envueltos en el espeso humo y el olor de su habano, me pidió que le escribiera un cuento para publicarlo en Contenido. 

Yo no iba a desaprovechar aquella oportunidad que me estaba ofreciendo, y sin pensarlo dos veces, acepté.
- Tú que escribes de selva y el mar, -me dijo- quiero que el cuento sea sobre un náufrago. Solamente te diré eso, lo demás es asunto tuyo. Tómate el tiempo que quieras.

Sintiéndome todo un novelista, me encerré dos días en mi casa y escribí el cuento que le entregue muy orgulloso a don Armando.
Cuando lo estaba leyendo, yo observaba su rostro esperando descubrir alguna reacción, pero no vi ninguna. Al terminarlo, lo dejó sobre su escritorio y me dijo fríamente:
- Está bien escrito, pero... -hizo una pausa que no me gustó- no se siente la desesperación del náufrago. 
Como que le falta transmitir lo que vive en medio de la nada. Imagínate, todo es agua alrededor y no...
Hizo a un lado las hojas y agregó:
- Olvídalo. Hazme tu recibo para que lo cobres y te agradezco tu tiempo.

Aquello fue un golpe bajo para mí. ¡No había hecho bien mi trabajo y no merecía cobrarlo!
¡Ah, no! -me dije- ¡Tuve la oportunidad y la eché a perder! ¡Ahora debo sacarme la espina, no sé cómo, pero voy a cumplir!

Con la idea de reivindicarme, me fui a Tuxpan, Veracruz, en donde mi hermano, que es médico, daba no sé qué cursos a unos marinos. 

No fue fácil convencerlo para que me echara la mano.
Para no extenderme, dos días después, y a bordo de un dragaminas de la Armada, me dejaron a la deriva en un bote de cuatro metros de largo por uno de ancho, a seis millas de Isla de Lobos y con sólo un galón de agua dulce y un paquete de galletas saladas. 

El plan era experimentar lo que sentiría un náufrago para luego pasarlo al papel.
Me explicaron que me dejarían allí veinticuatro horas, pero que me estarían monitoreando con radar, luego me recogerían.
Los primeros minutos se me hicieron larguísimos y estresantes. Con el sol pegando a plomo, mojé un paliacate que llevaba y me lo puse en el cuello. ¡Gran tontería! Porque el agua salada me quemó como ácido en la piel. 

Poco después, vi una aleta que sobresalía entre las olas... era un tiburón. Eso, el ardor del cuello, la soledad y el tremendo silencio que me rodeaba, hizo que empezara a acicatearme la desesperación. 

Y antes de dos horas ya me estaba preguntando qué infiernos hacía allí si podía estar en mi casa, y lejos de semejante estupidez.
No recuerdo cuántas veces escuché pasar un avión, pero por más que lo buscaba no lograba ver nada.
A escasas cuatro horas de que me habían dejado, mi hermano y los marinos ya me estaban recogiendo, pero no era yo, sino un pedazo de carne requemada por el sol, con el cuello ardido, la nariz y la boca reventada por ampollas que amenzaban con explotar... era un pobre títere terriblemente espantado por mi irresponsabilidad.

Total, una semana después le estaba entregando al señor Ayala mi cuento.
Cuando lo leyó, dijo que había un mundo de diferencia entre el primero y éste. Me felicitó, pero también me regañó y de pentonto no me bajó.
- Pero aprendiste. -me dijo- Cuando narres o cuentes algo, debes hacer que trabaje la mente de tu lector, que sienta y experimente lo que quieres decirle. En eso consiste el escribir.
A tres años del fallecimiento de Armando Ayala Anguiano (1928-2013), recuerdo con cariño y respeto al hombre que con pocas palabras me enseñó uno de los puntos esenciales e importantes para escribir. Sin embargo, él no tuvo la culpa si no aprendí la lección, pero se lo agradezco infinitamente.
¡Hasta siempre, don "Mando"!

LA TRAGICA HISTORIA DE LOS CASTRATI

LA TRÀGICA HISTORIA DE LOS CASTRATI.
(castrato en singular, castrati en plural)
La idea de crear castrati surgió durante el siglo .XVI en Roma, cuando el papa prohibió que las mujeres cantaran en las iglesias y en los escenarios.
Eran hombres capaces de cantar con una tonalidad muy aguda cuyas voces acabarían siendo objeto de veneración gracias a la combinación antinatural de tono y potencia, al emitirse las notas altas de un muchacho prepubescente desde los pulmones de un adulto.
El resultado, según comentaban los contemporáneos, era mágico y extrañamente incorpóreo.
Durante la época barroca fueron el equivalente a las grandes estrellas del pop que tenemos actualmente.
Sin embargo, para poder gozar de esta fama, además de ser unos talentosos cantantes, tenían que pagar un tributo muy preciado, sus testículos.
Los sometìan a una operación quirúrgica, llamada orquidectomía.
Esta intervención suponía la amputación de los testículos, a fin de que no pudieran producir hormonas sexuales masculinas, responsables, entre otras cosas, del cambio de voz durante la adolescencia.
Se estima que unos 4.000 niños eran castrados anualmente al “servicio del arte”, durante las décadas de 1720 y 1730.
Para que fuese efectiva, la castración debía realizarse entre los 8 y 12 años de edad.
La súbita popularidad de la ópera italiana en toda la Europa del siglo XVII generó el repentino aumento internacional de la demanda.
Al niño italiano que nacía con una voz prometedora lo llevaban al local de un barbero-cirujano en los barrios bajos, lo drogaban con opio y lo metían en un baño con agua caliente.
El experto cortaba los conductos que desembocaban en los testículos, que se atrofiaban con el tiempo.
Muchas familias humildes sometían a sus niños a esta barbarie para que pudiesen ganarse un buen sustento y, así, poder sacarles de la pobreza.
Sin embargo, otros jóvenes pedían voluntariamente ser castrados a fin de preservar su angelical voz.
El resultado de esta práctica tan alejada de la ética, era una voz espectacular que aunaba la dulzura de un niño y la potencia de un adulto.
Para las mujeres de la alta sociedad europea, los castratis eran un icono sexual.
Anécdotas e historias sobre su contracepción y mayor resistencia decían que estos podían centrarse por completo en el deseo de la mujer -que poco importaba para muchos hombres de la época-.
El famoso catastro Consolino, sacó buen provecho de sus delicados rasgos femeninos en Londres.
Acudía a las citas disfrazado con vestido, y después mantenía una apasionada aventura ante las propias narices del marido.
La iglesia prohibió que los castratis contrajeran matrimonio, lo que avivó las llamas del deseo y lo prohibido.
Entre los castrati más famosos destacaron Nicolini, Senesino, Caffarrelli, Salimbeni, entre otros.
Pero el más famoso de todos fue Carlo Broschi -conocido popularmente como Farinelli-, cuya vida fue recreada en la famosa película de 1994 que lleva su nombre.
Su castración, según versiones oficiales, se debió a que cuando era niño sufrió un accidente con un caballo.
Se convertiría en leyenda gracias a la increíble voz que adquirió durante sus largos años de aprendizaje, bajo la instrucción de Nicola Porpora.
Todo el mundo se agolpaba para verle, no solo en Italia -donde sería conocido como il ragazzo o el muchacho-, sino también en Viena, Londres y España, donde acabó residiendo 25 años bajo el mandato del rey Felipe V, al que cantaba todas las noches para curarle de la fuerte depresión que sufría.
El último castrato sixtino fue Alessandro Moreschi, que permaneció en el coro del Vaticano como solista hasta 1898, hasta que fue nombrado director del mismo, compaginando su faceta de cantante y dirección.
Un trabajo que mantendría hasta su retiro en 1913. Fue el único castrato del que se tienen grabaciones. Moriría en la más absoluta soledad en 1922 a los 64 años de edad.  
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