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viernes, 25 de marzo de 2016

EL DESCENSO A LA LOCURA CAPITULO 1 Ely Ortiz











EL DESCENSO A LA LOCURA. CAPÍTULO 1
Quizá soy la única persona cuerda en esta institución mental y aún así soy a quien nadie le cree, los doctores incluso, parecen haber perdido la conexión con el mundo real, y no los culpo, pues vivir entre personas sufriendo tantos y tan variados padecimientos mentales, los ha hecho que no logren distinguir entre lo real y lo inventado por las mentes perturbadas de sus pacientes.
Cometí el grave error de pretender ser internado en esta institución de salud mental, pues creí que en este sitio encontraría la cura para la depresión que me ha aquejado desde que tengo uso de razón, los doctores me dijeron que solo estaría aquí seis o siete meses cuando mucho, pero ya hace tres años que les entregué mi salud mental en sus manos y todo lo que ellos han hecho es darme tantos medicamentos como les es posible, que si uno para dormir y otro para no dormir, que si otro para quitarme el hambre y otro para aumentármela. Hasta ahora nada, solo ansío el día en que me declaren mentalmente competente para salir de este lugar.
Pero de lo que quiero hablarles no es de mi sufrimiento psiquiátrico, les voy a decir lo que realmente sucede entre las paredes de este hospital de la mente. Aquí, las alucinaciones son algo de lo más común, gritos desgarradores de personas que creen ver cucarachas en su gelatina, personas que ven diminutos monstruitos verdes en la sopa, pero yo no vine por eso, a mi me diagnosticaron con el síndrome del payaso triste, es decir que aun cuando ante el mundo esté riendo, por dentro tengo las aspiraciones más acérrimas de suicidarme, y aún cuando algunas veces lo intenté, no tuve el valor para jalar del gatillo, cuando el cañón de una Beretta acariciaba mi paladar.
De tal modo que en mí caso muy personal, se pueden descartar las alucinaciones como móvil de mi enfermedad mental, ya que solo estoy triste... muy triste.... Hay una noche que recuerdo en lo particular, he de decirles que hace mucho que no se que día estoy viviendo, así que solo les diré que era día de budín y pastillas azules, una paciente, Mirna, que días antes había sido ingresada, ´cerró la reja que divide el pabellón donde estamos los "locos" del pasillo que conduce al área de mantenimiento, una vez aislada se suicidó, lanzándose por el cubo de la escalera, se que es mucho decir que dos pisos no son suficientes para que una persona muera del primer impacto, y así es, en el primer golpe contra el suelo solo consiguió hacerse una herida en la cabeza y dislocarse un hombro, por lo que en pocos segundos, volvió a subir para dejarse caer de nuevo, en el segundo impacto sus dientes se rompieron y la sangre que manaba de sus heridas bañaba su rostro y la bata blanca que te ponen cuando llegas a este infierno. La tercer caída fue la que acabó con su vida, le costó mucho volver a llegar hasta arriba, su tibia estaba ya fracturada, su rostro irreconocible dejaba ver la desesperación que ella tenía por abandonar este mundo. Los enfermeros, doctores y guardias del hospital llegaron a esa zona tan rápido como pudieron, o más bien, como quisieron, mientras abrían la reja solo alcanzaron a ver como Mirna, saltaba por última vez a su destino de concreto y muerte.
En los días subsecuentes, yo me encerré en mi habitación, afortunadamente, a mi me dejan tener un libro, y ese fue mi refugio a los pensamientos que me invadieron por la muerte de aquella chica, era muy raro, aún hasta para un asilo mental. Una noche en la que fingía estar dormido durante el pase de lista, vino a mi un paciente más de esta ironía, era don Roberto, con ocho años, tres meses veintitrés días, seis horas y dieciocho minutos de estar en este lugar curándose de un trastorno obsesivo compulsivo del que había enfermado en sus días de profesor en una universidad que después negó todo vínculo con él, bueno, pues Roberto, tampoco tenía algún mal mental que le causara alucinaciones de ningún tipo, pese a ordenar sus pastillas en una estricta fila, de color y tamaño, de lavarse cinco veces las manos antes de ir al baño, y de abstenerse de tocar cualquier objeto que estuviera cuadriculado, su testimonio era plenamente válido para mi, de ahí el que yo creyera cabalmente cuando tocó a mi puerta y me dijera que estábamos en un verdadero peligro.
-¡Ábreme por favor Román!-
-¿qué...qué pasa?....-
-Él volvió...¡El volvió!-
-¿Quién...?....¿quién volvió?...-
-El kavner.... el Kavner...-
Pese a no tener mucho sentido, le abrí la puerta, estaba tan pálido que supe el miedo que lo aquejaba, entró y su respiración estaba muy agitada.
-El Kavner... ¿me habrá visto?-
-Roberto... te van a aislar... trata de calmarte ¿qué es Kavner?-
-Está ahí, en el pasillo...-
No se si fue mi instinto suicida más desarrollado por el encierro, pero salí al pasillo, al ser más de las nueve de la noche ya habían apagado todas la luces, solo alumbraban un poco las de los postes de luz en la calle, al final de ese corredor, donde hace curva para llegar al elevador, lo vi, era solo sobras y figuras, pero algo alcancé a distinguir, era un tipo enorme, que sostenía un artefacto que de un lado era una pala y en el otro extremo del mango le había atado una hoz como las que se usan para cosechar trigo, en la otra mano traía una bolsa de yute, que hasta donde se podía observar, estaba completamente manchad de sangre, aun cuando en ese momento no pude precisar que había dentro de ella.
Hasta ese momento solo lo veía de espalda, traté de no incomodarlo, traté de que no notara mi presencia, pero no se como, no se cuando, llamé su atención, él volteó a mirarme, y entonces vi, la peor imagen del mal encarnizada, Su rostro a medio cubrir con una máscara que dejaba ver a través de unos huecos cuadrados sus ojos, eran como dos brazas incandescentes, la máscara no cubría su boca, así que en ese momento sonrió de una forma macabra, y pode ver una enorme fila de dientes algunos podridos y otros amarillentos... no pude ver más, este ente alzó su arma en clara señal de que iba a liquidarme, yo salí corriendo de allí, hacia mi cuarto, corrí tan rápido como pude, pero podía escuchar como esté ser infernal me seguía, llegué hasta el sitio donde Roberto ya me aguardaba con la puerta entreabierta y entré, esa cosa dejó de seguirme.

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